Nuestros textos de ficción

La luna estaba alta en el cielo y continuaba trepando a través de su entorno de tinieblas. Cubría todo el campo con una fuerte luz blanca que permitía ver claramente los cuadros sembrados, la casa, las piedras del camino y los alambrados. Tanto iluminaba que hacía que los árboles proyectaran su sombra densa y oscura y así callada, me senté bajo un árbol a la sombra de la luna resplandeciente.

En los cuatro meses que había vivido en el campo de La Pampa nunca había estado despierta una noche como esa. En la que se viera tan claro. Una luz que dejaba al descubierto lo que la noche casi siempre oculta, como por ejemplo esa línea de hormigas negras que iban y venían enfervorizadas, desmantelando el jazmín que había plantado unos días atrás.

Sentada de espaldas al trigal, di vuelta mi cabeza sin haber escuchado nada, con un presentimiento. Los cereales se movieron como sacudidos por una brisa que no había. Algo había pasado y dejó su pequeña huella en un movimiento de espigas que desapareció al instante. Qué efímero.

 

Yo había llegado a principio del año, a pesar de que él me decía que el campo no era un lugar para mí, que no había luz eléctrica ni comodidades. Que hasta bañarse se hacía complicado. Pero me tomé un micro porque no pensaba dejarlo solo más tiempo. Durante todo el año anterior él había sufrido el frío, el calor agobiante, los cortes de ruta de los del campo y los de los piqueteros. De un lado y del otro todo hacía que no pudiéramos vernos nunca. Yo en la ciudad, en ese trabajo insoportable en el supermercado, llorando porque no podíamos estar juntos. Y él, sacrificándose en este campo perdido de la mano de Dios.

 

¡Cómo brillaba la luna! Se podía ver tan nítidamente, sin ambigüedades. Pero la luz no era transparente sino que revestía todo de una especie de blancor ceniciento. También pude ver al gato, agazapado debajo de los cajones cerca de la puerta de la cocina. El gato sabía que yo había salido del rancho y que me había sentado a la sombra. Sin embargo no me miraba, como si yo no estuviera ahí cerca, a unos metros de él.

 

Me había tomado tres días decidir viajar, largar lo que venía estudiando en la facultad, hacer dos bolsos, vender mis muebles, una mesa, una camita y dos sillas y llevarle la llave del departamento a la dueña. ¡Me voy a La Pampa! Voy a darle una sorpresa. Es que lo quiero muchísimo. Yo doy todo por él. No sé explicarlo. Lo extraño demasiado. Nada justifica que estemos separados más tiempo. Lo decidí y no puedo volver atrás.

 

¡Qué cara puso él cuando me vio entrar cubierta de polvo por haber caminado los cinco kilómetros del camino de tierra! Me dijo que le había dado una sorpresa, que no sabía que yo lo quisiera tanto. ¡Estábamos tan felices de vernos de nuevo! Y me acomodé como pude al rancho, a las moscas, a sacar agua agitando el brazo de la bomba con tal de volver a dormir a su lado en la cama doble.

La cama doble.

 

Seguía sentada bajo el árbol, pero si me inclinaba hacia un costado podía ver ese disco gigante iluminando todo. Es hermoso el cielo en el campo. Qué extraña claridad la de esa noche. Las hormigas avanzando hacia el invierno, con mi jazmín a cuestas. Tomé el tallo de una hojita y lo levanté del suelo. Una hormiga seguía aferrada ciega, testarudamente, con todas sus fuerzas a aquello que yo trataba de quitarle. Movía las patas pero no cedía el gancho que la sostenía a su porción de planta. “Yo sé cuánto debés querer esto”, pensé. Apoyé la pistola sobre el pasto y con las dos manos deposité delicadamente al insecto entre sus hermanas.

 

Esta tarde cuando llegó estaba nervioso y todo sudado. Me dijo que se le había hecho tarde porque se le había roto el tractor. Pero no estaba fastidiado. Lo miré y le vi el miedo en los ojos. Y entonces supe que me lo iba a decir esta misma noche.

Me di vuelta porque las manos me empezaron a temblar. Quise hablar, decir algo común, como lo que se dice cuando el marido llega de trabajar, que si querés un mate, que dónde se habrá metido el gato que hoy no apareció en todo el día. Pero ni una palabra salió de mi boca abierta. Entonces tomé la lata de maíz y salí para el gallinero: “voy con las gallinas”, le dije. Salí y me reí frenética, confundida. Él me iba a hablar de Blanca, esa puta que como el marido la había dejado con tres hijos, se quería quedar con el mío. Él tenía desde hacía tiempo ya una doble vida que yo vine a arruinarle con mi llegada. Yo vine buscando de nuevo la cama doble y él inauguró doble cama.

Pero yo ya había arreglado todo par cuando lo viera a él decidido a hablar. No le iba a dar el gusto de contarme cómo me había puesto los cuernos y luego ser devuelta sola a Buenos Aires. La pistola estaba en el fondo de la lata, tapada por los granos de maíz seco. Me quedé en el galpón hasta que apareciera la luna. Él no vino a buscarme. Cuando salí fui hasta la casa y entré sin hacer ruido. Estaba parado frente a la radio, tratando de sintonizar algo. Sin decir nada y sin dejarlo hablar le disparé una a una las seis balas en la espalda. Y salí del rancho, para ver la luna. Y me senté a la sombra del árbol y pensé todo esto mientras volvía a tomar la pistola entre mis manos.

Cuando era chica, mi mamá me preguntaba: “¿Hasta dónde me querés, mi reina?” Y yo le respondía “Hasta la luna”. Yo a él lo quise también así, hasta la última bala. La que todavía queda en el cargador.

 

Meiga, 2012

De la Serie “una frase al azar” -Año 2012-