Nuestros textos de ficción

I

 

Cuando lo vieron partir comprendieron que nada volvería a ser igual.

 

Eva tiende la ropa en la terraza. Los movimientos son mecánicos; toma una prenda luego los broches, la cuelga. Siempre igual.

 

Al terminar alza la vista al cielo. Su expresión esconde la nostalgia de un pasado. Una brisa eleva suavemente su cabello y ahí va... su mente se monta al viento cubriéndose de recuerdos. Le parece ver a su pequeño hijo corriendo descalzo por el pasto. Frente a la pureza de la imagen y aunque la vida ahora le duela, no puede evitar sonreír.

 

Ante el pedido de su hijo, la soga nunca conocerá el uniforme ni los borceguíes. Permanecen sobre el suelo de la habitación como una gran mancha en la penumbra. Portan las cicatrices de la fidelidad a su dueño; sucios, chamuscados, con un enorme agujero en la suela hablan de una vida trunca.

 

El portazo de la puerta de calle rompe el ensueño. Toma el balde con el resto de los broches y se dirige expectante hacia la cocina, ubicada en la planta baja de la precaria construcción. Una vez allí se cruza con Manuel, un joven gris de veinticinco años, que con los ojos inundados en lágrimas, mueve la cabeza en gesto negativo.

 

Desde hace seis años su hijo enfrenta con la misma entereza pero con mayor pesadumbre la falta de trabajo. Es que su currículo lleva la marca de “ex combatiente” y parece ser ésta una razón más que suficiente para convertirlo en un ser no apto. Ironías de la vida y del sistema. Con diecinueve años no había excusa que lo salvara de su deber. Resultaba capaz para enfrentar al enemigo, poner en riesgo su vida, padecer el hambre y el frío con hombría sin reclamar y, sobre todo, preparado para matar. Ahora, resulta no estar a la altura de ninguna circunstancia y se lo supone incapaz de afrontar hasta la más mínima tarea administrativa.

 

Su madre se muerde los labios. Lo mira, tierna como siempre, y acaricia su cabello mientras lo escucha. Sabe que no puede mentirle, que hay consuelos que no consuelan y hechos que silencian cualquier palabra.

 

Cuando en abril de 1982, la patria se los arrancó, él tenía luz en sus ojos. Eva y José habían contenido la respiración, el habla, el alma y la vida esperando el regreso. Setenta y cuatro días más tarde, ante la orden de “cese de fuego” la misma patria les arrojó a un muchacho de ojos opacos y borceguíes de barro que había sido obligado, firma de por medio, a acallar su vivencia atroz. Decía llamarse Manuel.

 

Eva aún recuerda con amargura la duda que, aunque fugaz, hizo que se miraran con su esposo en busca de alguna señal que afirmase que en verdad se trataba de su hijo. Permanecieron los tres largamente fusionados, comunicándose el dolor, la angustia y la agonía sin mediar palabra. Manuel traía de la guerra los restos de sí y el horror impregnado en la mirada.

Allí mismo se produjo el pacto. Ella comprendió que debería enfrentar la más ardua de las batallas. Si la lucha había sido en nombre de la recuperación de unas islas, la suya, la propia, era la de recuperar a su hijo.

Aquello era un retorno que comenzaba a vislumbrase sin retorno.

 

II

 

Se acerca el mes de marzo y con él la crudeza de los recuerdos. La familia entera se empaña con la llegada del otoño. Eva y José conservan la esperanza de que, esta vez, los gritos de Manuel en medio de la noche cesen, que las pesadillas y el llanto nocturno aminore, que la tristeza de su hijo se calme lentamente.

Aquella mañana, Eva, siente un dolor inexplicable en sus entrañas que la hace andar alerta. Había escuchado la conversación que José y Manuel mantuvieron a media voz el día anterior. Él manifestaba su cansancio, la podredumbre de sentirse condenado a sobrevivir limosneando. Ser pintor no era ni había sido jamas su oficio. Le contaba que se daba cuenta de que los vecinos sólo lo llamaban por lástima, para repintar lo ya pintado y que, eso mismo, cuando los bolsillos estaban vacíos, lo condenaba a mendigar. Quería dejar de ser visto como “héroe” porque entendía que detrás de esa palabra se escondía la falacia de la guerra y sus promotores. Quería ser él, ni héroe ni mendigo, sólo él.

Ese día, roto por dentro, lloró sobre el hombro de su padre.

 

III

 

Un dolor punzante en el pecho la despertó de madrugada. Se extrañó al hallar su cuerpo helado pese a la calidez del clima.

De un salto salió de la cama en busca de su hijo. El cuarto, sombrío, se hallaba vacío. Buscó con la mirada el uniforme y los borceguíes. No estaban.

Por un instante sus piernas flaquearon, su corazón latió con fuerza y un gemido profundo salió de su boca. Se maldijo por haber dejado que el sueño la venciera.

La luna llena fue testigo silencioso de la desesperación de una madre. Corrió descalza por calles de tierra tropezando con piedras, salientes y ponientes del irregular terreno. No sentía el dolor en los pies aunque sangraban pero sí el de su pecho, cada vez más acuciante. Mientras corría secaba bruscamente, con las manos cubiertas de polvo, las lágrimas de su rostro. Gritaba el nombre de su hijo, le imploraba por temor. Su instinto la llevó hacia el acantilado costero al río. Miró hacia todos lados a la vez, con la esperanza de que solo fuera un infausto presentimiento.

Cuando vio los borceguíes a un costado del pastizal la miseria de lo inevitable la azotó certeramente. El sonido del agua la espantó. Su alma aulló con todas las fuerzas de un animal herido y se arrojó.

El amanecer descubrió dos cuerpos.

Ella lo mira con ternura, lo mece, lo lame, como cuando salió de sus entrañas. Él se deja acunar por el inmenso amor de su madre espantando para siempre el horror que habitó en él.

 

Najlah, 2013

De la Serie Los zapatos de Van Gogh -Año 2013-