Nuestros textos de ficción

 

 

Testaccio, en Roma, fue antaño la puerta de entrada de las mercancías del Imperio Romano. Allí los barcos cargados de aceite de olivo provenientes de la Bética, de Libia o de la Galia descargaban sus mercancías a orillas del Tìber donde vaciaban las ánforas que contenían el aceite y las rompían en pedazos para luego depositarlas en lo que hoy se conoce como Monte Testaccio. Una colina triangular hecha de restos de ánforas, de millones de ellas, vaciadas, rotas y dispuestas disciplinadamente con el correr de los años. Nada de su distribución ha sido azarosa.

Todavía hoy puede verse en el centro del barrio, emplazado entre antiguos edificios con patios interiores, de fachadas desprolijas con cables colgando y ropa tendida entre balcones, a su pintoresco mercado de varias hileras de puestos estables o ambulantes, vestidos con carteles coloridos que anuncian las ofertas del día en frutas frescas o secas, verduras, pescados, carnes y cuanta especia exista en el mundo.

Días atrás, le decía a mi nieto que a veces creo tener recuerdos en blanco y negro. Será que tantas veces he recorrido, una y otra vez, esas pocas fotos que sobrevivieron a la guerra y a los avatares del exilio y que se han convertido en restos de mi memoria mezclándose, armoniosamente, con los colores y olores de mi infancia en Roma.

Pero la mayoría de mis recuerdos están concentrados en Testaccio, más precisamente en el mercado que lleva su nombre y en el que mis padres entre los años 1931 y 1939 habían alquilado un puesto donde vendían especias y frutos secos.

Según contaba mi mamá, al poco tiempo de instalarnos en el mercado aprendí a caminar allí, tomándome de las barandas de los puestos vecinos, recorriendo la doble hilera hasta dar una vuelta completa y volver al puesto de mis padres. Es un recuerdo hecho de cosas contadas muchas veces.

Hay otros que están hechos sólo de imágenes, que a veces se inmiscuyen en mis sueños y son de escondidas, de manchas, pelota y corridas junto con mis otros hermanos de la vida que eran los hijos de algunos puesteros linderos al nuestro. Esos retoños son de colores. En mis sueños siempre hablo en italiano.

Pero hay recuerdos que sólo están hechos de voces, de frases que escuché y no entendí, de cosas que no pregunté en aquellos momentos.

Duilio y yo éramos amigos inseparables desde muy pequeños. Él era el hijo menor de cinco hermanos. Isabella Munzinni, su mamá era una mujer viuda que tenía un puesto doble con las mejores verduras del mercado. Los Munzinni gozaban del respeto de clientes y demás vendedores del lugar.

Mis padres e Isabella solían compartir en ocasiones charlas cordiales. Mi mamá escuchaba atentamente sus consejos. Isabella sabía del negocio o al menos eso parecía. Ella y su esposo habían sido uno de los pioneros en el mercado. Con Duilio compartíamos todos los rincones del Testaccio y también la escuela estatal cercana y, aunque formábamos parte de un grupo de chicos del barrio, nosotros siempre estábamos juntos. Esto fue así hasta casi terminar nuestro tercer grado.

Cierto día jugando en el patio de su casa, su mamá que parecía enojada interrumpió abruptamente nuestro juego de naipes y le dijo que se fuera a estudiar.

Los días siguientes cuando iba a buscarlo al puesto me decían que no estaba.

Una noche escuché que mi mamá preocupada le decía a mi papá que yo no empezaría la escuela al año siguiente, que tenía miedo. Y luego la escuché llorar.

Esa noche no me pude dormir y me propuse estudiar mucho como lo estaba haciendo Duilio. Mientras tanto seguíamos jugando en los recreos pero por la tarde él ya no aparecía por el mercado.

Poco tiempo después vi que un hombre desconocido alto y de bigotes se alejaba del puesto de mis padres diciendo: “So ti puó dare tre settimane in questo posto” Tal como en mis sueños, también lo recuerdo en italiano, así les dijo: “Les doy tres semanas en este lugar” y se marchó. Isabella que estaba en el puesto de enfrente lo escuchó todo y sin preguntar ni acercarse siguió trabajando como si nada hubiera pasado. Mis padres comenzaron a hablar en idishe. Solo lo hacían cuando no querían que otros entendieran lo que hablaban o cuando estaban muy felices. Pero la voz de aquel hombre me dio miedo y empecé a correr sin rumbo por las callejas del Testaccio. Todo lo que hasta ese momento me había sido tan querido, se había vuelto oscuro y sin color.

Los recuerdos inmediatos a ese tiempo están hechos de restos, fragmentos vacíos que se han fundido con otros que vinieron después y con los que ya estaban.

No todos pudieron o quisieron dejar Italia. Muchos subestimaron el peligro que se cernía y hasta donde podían llegar las leyes del Duce y su alianza con Alemania.

Mis padres no tardaron en advertirlo y movidos por mi hermano que ya había emigrado hacia unos años emprendimos nuestro viaje a la Argentina, dejando atrás todo aquello que formó parte de mi vida hasta mis nueve años.

 

Erica Barry, 2012

De la Serie “una frase al azar” -Año 2012-