Nuestros textos de ficción

Arrastrada por la masa informe, sin autonomía, Mariana entró en el último vagón del subte. Pensó que la línea B era más pegajosa y sucia que las restantes. Se esforzó en recuperar la postura pero no pudo reunir consigo la pierna derecha ni el brazo del que colgaba su cartera, ahora, a merced del primer punga que se topara con ella.

 

Una mano anónima, violentó su intimidad por lo bajo. Mariana pegó un salto hacia delante. Rebotó primero contra una señora gorda, luego contra una parejita de púberes fogosos y, trastabillando, terminó recostada sobre tres hombres que la rodeaban por detrás.

 

Pasado el aturdimiento inicial, las mejillas de la cuarentona se incendiaron de indignación, al tiempo que recuperaba una posición erecta. Dio media vuelta e interpeló con la mirada a cada uno de esos tres sujetos que, inevitablemente, la rozaban en distintos puntos de su escuálido cuerpo.

 

Los hombres rehuyeron esos ojos tenebrosos, bajando la mirada con prudencia. Mariana continuó hostigándolos con un silencio cargado de reproches. Los ojos de los hombres quedaron fijados en el piso, defendiendo su inocencia.

 

El tren paró en la estación Pueyrredón. Un remolino humano interrumpió el juicio sin palabras. Mariana fue desplazada más de un metro hacia la derecha, contra su voluntad. Cuando se repuso, buscó con ojos furibundos a los tres sospechosos. Al no hallarlos, giró la cabeza, furiosa, hacia un lado y hacia el otro.

 

En la estación Ángel Gallardo, dio dos vueltas, inducida por el gentío irreverente. Roja de furia miró desafiante a las nuevas personas que la oprimían. Empezó a sacudirse, intentando armar una distancia entre los hombres y las mujeres que le apoyaban con descaro sus sexos impúdicos en los brazos, en las piernas, en el pecho.

 

Ahogada, humillada, con asco infinito, no pudo reprimir un mar de lágrimas. Llegando a la estación Dorrego, donde debía bajar, empezó a experimentar la dulzura del alivio: había logrado que se alejaran un tramo de ella.

 

Mariana dio unos pasos hacia la puerta, preparándose para bajar. Mientras esperaba el arribo a la estación, sintió un golpe seco contra su codo. Se volvió hacia el agresor como un disparo. Lo miró con suma atención, escrutando su cara blanca e inexpresiva: la piel bajo el ojo derecho, tembló. Entonces, confirmó que era el culpable. Ergo, procedió a ejecutar el castigo. Segundos después, bajó raudamente en Dorrego, ante el estupor de la muchedumbre paralizada.

 

Al día siguiente, los habitantes de la madrugada porteña fueron sacudidos por titulares que manchaban de sangre los kioscos de diarios:

 

La mutiladora de Chacarita se cobra nueva víctima.

Padre de familia pierde ojo izquierdo en el subterráneo

al ser atacado con su alfiler de gancho.

 

Kishiku, 2012

De la Serie “una frase al azar” -Año 2012-