Nuestros textos de ficción

 

 

Este Martín, nuestro querido y único nieto, qué cabeza de novio tenía últimamente!

El año pasado terminó el secundario siendo un excelente alumno y ahora había entrado a la universidad. Estábamos tan orgullosos de él, su abuelo y yo, nosotros que ni siquiera habíamos podido completar la escuela primaria.

José, mi marido, había venido de España a los catorce años, dejando a su familia. Solo, como bien se dice “con una mano adelante y la otra atrás”. En Argentina, lo esperaban unos primos que habían emigrado antes que él y que lo alojarían en su casa.

Yo, en cambio, tuve la suerte de viajar con mi familia, quienes también huyendo de una Europa pobre, se había instalado en estas pampas.

Aquí nos conocimos con José; casi nos criamos juntos, en el barrio. Él era el sobrino del almacenero y trabajaba en el reparto y yo era la hija del zapatero. Mi papá había traído el oficio de Polonia, su país natal, y tenía un taller de compostura. “El gringo”, como lo llamaban, era bastante cascarrabias!

No le gustó ni medio cuando el galleguito me invitó a salir por primera vez!

Todavía sonrío cuando lo recuerdo. Por suerte, a José nunca lo intimidó mi papá.

Menos mal, porque yo estaba enamorada en secreto de él desde niña y de no ser por su coraje creo que nunca me habría animado a más! Qué tiempos aquellos de sacrificio y austeridad.

En fin, noviamos un tiempo, luego nos casamos y tuvimos una sola hija, Laura, la mamá de nuestro querido Tincho.

Laura trabaja mucho, la pobre. Ella no tuvo nuestra suerte en el amor. Se embarazó muy joven de un desgraciado que la dejó ni bien se enteró del hijo por venir. Nosotros la cobijamos en nuestra casa y hasta el día de hoy la compartimos con ella. Como regalo recibimos la alegría de ver crecer a nuestro nieto, que es el sol de nuestra vejez y nuestro mayor orgullo.

A Tincho se lo nota muy distraído últimamente. No se si será por el ingreso a la Facultad, por esa noviecita que estudia con él, qué se yo. Lo vemos con el abuelo entrar y salir de la casa cada dos por tres, siempre apurado, taciturno, como si asuntos urgentes lo reclamaran.

Me río de sólo pensarlo! A sus años, qué urgencia puede tener! Si tiene todo el tiempo del mundo por delante! Lo que pasa es que siempre fue demasiado serio y responsable para su edad.

Hoy mismo, mientras repasaba el comedor noté que se había olvidado algo sobre la mesa. Una caja de cartón, mediana, bastante pesada. Apenas pude correrla para pasar la franela por debajo.

En qué andará este chico?, pensé. Seguro que con su distracción ni se habrá dado cuenta dónde dejó esa caja misteriosa. Salió muy temprano esa mañana y apurado para variar.

 

En esos pensamientos andaba la abuela cuando escuchó una aguda frenada de autos en la calle que la sobresaltaron y enseguida a alguien que abría con brusquedad la puerta de calle. Se acercó a la entrada algo asustada.

Por suerte era Tincho, pero acompañado de unos hombres a los que nunca había visto antes.

Al toparse con la anciana, todos se quedaron como congelados en medio del comedor. Se miraron entre ellos y uno, con rudeza, tomó al joven del brazo.

No le gustó el aspecto de esos hombres, pero al ver que estaban con su nieto dijo lo primero que se le ocurrió, como queriendo distender el ambiente: “Tincho, querido, te olvidaste una caja sobre la mesa del comedor!”

A partir de esa frase, todo se desencadenó con esa mezcla de urgencia y tensión que venía sintiendo hace un tiempo en las idas y venidas de su nieto. Vio la mirada seria y preocupada de Tincho; uno de los hombres manoteaba la caja que, abierta, cayó al suelo; panfletos con letras negras y rojas que no alcanzó a descifrar; griterío; insultos y forcejeos. Un desconcierto y sudor frío la embargó al ver que a Tincho lo sacaban a empujones de la casa, esposado, encapuchado y a punta de pistola.

Llorando, a los gritos, desesperada, llamó a José que estaba en el fondo arreglando el jardín. Se llevan a Martín, se lo llevan!

Nunca imaginó que esa sería la última vez que vería a Tincho, el amado nieto.

Y si bien ni su hija ni ellos dejarían de buscarlo, una madre no olvida y una abuela no para de buscar, ella sabía que no viviría para volver a estar junto a él.

La mirada joven y profunda no dejaría de atormentarla hasta el fin de sus amargos días.

 

 

Casandra Smith, 2014

De la Serie “te olvidaste una caja sobre la mesa del comedor”.