Nuestros textos de ficción

Cuentan que nació un tempestuoso día de otoño tanto como lo había sido el alma de su madre y que el color celeste de sus ojos confirmó la sospecha de que “el español”, a quien se había visto varias veces escabullirse por entre los troncos de los pinos que la llanura transformaba en bosque, era su padre. Lo llamaron Huenu que significa “cielo” en la lengua mapuche.

Creció con una libertad acechada por las bestias del lugar, por las ráfagas de plata que desgarraban la piel y por la desconfiada mirada con la que los otros sentenciaban su existencia mestiza.

Sus días transcurrían cerca del río donde jugaba con otros pequeños como él mientras que los más grandes, con paciencia animal, esperaban atentos el paso de los dorados que serían pescados y comidos en rituales banquetes a la luz del fuego.

Le gustaba correr atravesando el viento con olor a eucaliptos, esconderse entre las rocas y saltar sorpresivamente desde ellas imitando la rudeza del rugido de algún puma. Por las noches disfrutaba escuchar a su abuelo, el cacique del pueblo, quien le contaba historias sobre sus antepasados. Pero lo que más le fascinaba, a la vez que le causaba cierta curiosidad, era oír la voz suave de su madre cantándole entre sollozos canciones a la luna.

Varias veces le preguntó por qué lloraba, pero ella nunca contestó.

Cierto día, en que el sol del atardecer lo tomó por sorpresa más alejado de los suyos, se encontró atravesando un camino nuevo que lo condujo a orillas de un lago. Vio por detrás de unos arbustos de excelso follaje que dos extraños nadaban en las aguas. Esperó sigiloso y asombrado por esa presencia desconocida. Cuando salieron del agua en busca de sus prendas, notó que la piel de sus cuerpos era casi tan clara como los hielos que alguna vez había visto a los pies de la montaña. Reían con estridencia y hablaban un dialecto desconocido. Eran dos hombres de aspecto vigoroso. Uno era visiblemente mayor que el otro dado que el cabello y la barba dejaba traslucir unos caprichosos tonos grises. El otro parecía menor, pero no menos fuerte. Más sorpresivo fue para él ver que una mujer los esperaba sosteniendo sus ropas. Vio como los secaba lentamente y los vestía. La mujer le era más cercana. Tenía la carne dorada como la suya y sus cabellos negros se asimilaban a los de las mujeres de su pueblo.

Algo lo inquietaba, y si bien era terriblemente curioso y le hubiera gustado llegar a observar de cerca el hallazgo, prefirió mantenerse inmóvil disimulado entre las hojas.

Es así que cuando las figuras desaparecieron tras montarse en sus esbeltos caballos, decidió salir de su resguardo para emprender el camino de la aldea.

Era tiempo de correr, no solo porque le gustaba, sino porque asomaban ya las primeras estrellas.

Iba apurado, saltando las ramas caídas del suelo y pensando en los pumas que esperaba no encontrar de regreso.

De pronto, por la velocidad de los pasos y el cálculo intuitivo tras sortear algunas rocas medianamente altas, lo encuentra una caída tendido en la tierra. Un poco dolorido, pero sonriente a la vez por el erróneo acto de precisión, se disponía a levantarse cuando se halló frente un frío y largo elemento que terminaba en unos ojos que lo apuntaban, unos ojos que espejaban los suyos y que no lo dejarían huir.

Era uno de los hombres que había visto en el lago. Unos instantes de impávido silencio coparon el lugar.

El arma, junto con la mirada, se quedaron unos instantes prendados de la agitación del pecho del niño. El hombre, poco después, extendió su mano para apretarse junto a la del pequeño que ahora se levantaba. Quiso alcanzar su altura para mirarlo de cerca, así que se puso en cuclillas. Se sacó el sombrero y se pasó la mano por el pelo gris para acomodarlo. La mano a la altura del corazón y haciendo pequeños golpeteos, acompañó la voz: me llamo Diego.

Huenu pareció comprender y dijo rápidamente su nombre.

El hombre se acercó hacia él y le susurró al oído: me dicen: “el español”.

 

Chloe, 2014

De la Serie "relato a partir de un párrafo establecido"